Por Oscar Bissio (*)

El radicalismo de Bolívar perdió la gran oportunidad de comenzar el camino de la recuperación partidaria. Fundamental, para el objetivo final de reconquistar el municipio.

Las desprolijidades de los niveles nacional y provincial, echaron raíces en Bolívar, y terminaron suspendiéndose los comicios internos a causa de numerosas irregularidades en los padrones.

Era la hora señalada. Tal vez, la gran oportunidad de asestarle el golpe final al simonismo que trabaja políticamente desde las sombras. Era el comienzo del postsimonismo. La hora de la transición. No sucedió.

La suspensión de las elecciones partidarias significan más que eso. Se traducen subliminalmente en el ingreso a un ostracismo político radical que no ve la luz al final del túnel. Con final abierto, los opositores internos de Simón soñaban con la posibilidad de desterrarlo del escenario político local.

El simonismo, hacía lo propio con sus ansias de regreso triunfal; mientras que el errequismo procuraría meter sus bases juveniles en el andamiaje del partido.

Nada sucedió. La UCR ingresó ahora en una nebulosa de la que será difícil salir. Por lo menos, es un retraso traumático a quienes auguraban una rápida salida a la crisis que produjo recientemente la derrota electoral.

Cuando se le dé luz verde a la elección suspendida, inexorablemente ésta se mixturará con la campaña hacia el 2013, la primera prueba de fuego que el centenario partido tendrá para saber si es capaz de comenzar su reconstrucción.

En rigor de verdad, el panorama es harto complicado.

Hay un hombre, Alfredo Eulogio Carretero, que emergió desde el pasado glorioso para probarse el traje del mesías radical. Y había comenzado bien. Pero la circunstancia de la suspensión, más cierta vertiginosidad en el armado de su ejército, lo retornaron a fojas cero. Stand by.

Hay otro, Juan Carlos Simón, que opera desde el bajo perfil, fiel a su estilo, al influjo de una búsqueda que quiere hallar dos caminos: el de la continuidad de su mandato para con sus fueros protegerse de cualquier acción judicial en su contra tras las sospechas de corrupción latentes en el sentir ciudadano e institucional, y la otra, claro, la permanencia en el poder partidario; la perpetuidad de su figura malherida en el mapa político vernáculo.

Y hay un tercero, José Gabriel Erreca, titubeante. Puede comprenderse su estado anímico tras el desgaste de las últimas elecciones. Pero es poco entendible verlo desaprovechar el capital político que supo arrimarse hacia sí sobre las generales de octubre, con una juventud detrás de sí inocua, pero activa y con grandes sueños de futuro.

A la vez, parece que los dislates del pasado vuelven a complicarlo. Su hombre de confianza, de tantos años, casi un factótum en su actividad privada, fue suspendido de sus funciones oficiales en el Juzgado de Paz «por haberse hallado información comprometedora en un peritaje hecho a su PC», según el informe oficial de los peritos de la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires, de intensa actividad en Bolívar desde que estalló el caso del juez Roberto Dimaggio.

Esta realidad, sumada a la inexplicable deuda millonaria que dejó al abandonar el cargo, y la falta de explicaciones sobre las sospechas de corrupción que lo vinculaban a Simón, lo sitúan en un lugar impredecible, imprevisible, de cara al futuro personal y al futuro político.

La lucha por la sucesión se debate en consecuencia entre el ingreso al post simonismo, entre la continuidad de este espacio político y entre la renovación seria purificadora de las huestes actuales de la Unión Cívica Radical.

Cada vez queda menos tiempo. Y en política, los meses parecen más cortos.

(*) Periodista bolivarense, colaborador especial de Edición Séptima.