Por Oscar Bissio

Las elecciones 2013 en el distrito de Bolívar incorporarán nuevas formas a las que los partidos políticos participantes deberán prestarle mucha atención.

Esa actitud, será clave, respecto de la suerte que corran a la hora de los resultados.

Históricamente, las elecciones legislativas no generales, encuentran al ciudadano en condiciones de votar más relajado y menos culpable de su propio sufragio, por lo cual siempre los resultados son más flexibles y hasta casi más espontáneos y auténticos.
Las nuevas formas tienen que ver con el escenario que se avizora para el agosto próximo cuando se realicen las primarias por segunda vez en la historia.

Una especie de test para saber donde está parada la sociedad en relación a su gobierno y sus representantes.
A poco más de noventa días de las primarias -se realizarán el 8 de agosto- ese escenario permanece con el telón cerrado a los ojos de la gente, aunque se trata sólo de una sensación óptica.

Desde todos los sectores partidarios ya se confeccionan estrategias electorales y se debate la previa en las mesas chicas de los partidos políticos.
Las nuevas formas requieren un nuevo tipo de análisis para quienes cuenten con aspiraciones institucionales, pues la realidad es abismalmente distinta en sus características a elecciones históricas y pasadas. Ya no puntúan como referencia.
El análisis debe estar orientado a interpretar la salvaje contienda de 2011 que dejó como saldo profundas heridas que aún no han cicatrizado en quienes vieron como se les deshilachaba el manto de poder tejido durante una década y media, y que pueden volver de la mano de la peor de las sepsis.

Veremos si se manifiesta o no tal patología política: en 2011 se expresó con la mentira y el mensaje de confusión hacia un electorado que en gran número carece de una preparación correcta a la hora de meditar su decisión frente a las urnas.

Sería ideal que no se repita este juego funesto desde aquellos sectores perdidosos y que -en cambio- se aboquen a la formulación de contrapuestas serias a la gestión actual de gobierno.
Las tendencias no van a cambiar. Así ha sido históricamente. Ingresarán ocho concejales a repartirse entre el oficialismo y la Unión Cívica Radical. Vaya esta última con su genuina identidad o disfrazada de alguna pseudo definición que le convenga desde el punto de vista electoral. Frentes y coaliciones circunstanciales que ya se sabe donde terminan.
La UCR tiene en sólo tres meses una ardua tarea. Advertirse a sí misma que el adversario no está en el sillón de Ayerza en Belgrano 11, sino que permanece agazapado entre bambalinas en el seno comiteril local del centenario partido.

Debe tener en cuenta el antecedente de las elecciones de 1999, 2003 y 2007 que –aún siendo comicios generales- no dejan de reflejar la ceguera de aquel peronismo que caía derrotado sistemáticamente a manos de Juan Carlos Simón, y tras cada derrota, pretendía destrozarlo públicamente en lugar de mirar hacia adentro sus propias miserias.

La UCR corre riesgo de hacer lo mismo. Ya antes de tamaño error, deberá hacer los deberes en su propia casa.

Las hilachas que dejó el 2011 sobrevuelan en la casa radical y se trasponen de sector en sector: el post simonismo liderado por Luciano Carballo Laveglia; el errequismo, aún con vida a instancias de un sugestivo silencio municipal que había prometido aniquilarlo tras las sospechas de corrupción, y el eulogismo, la agrupación de Alfredo Carretero que es un misterio. Que tras ganar la conducción del Partido ingresó en una meseta preocupante si se tienen en cuenta las aspiraciones expresadas oportunamente.

El oficialismo, por su parte, marcha tranquilamente hacia agosto y hacia octubre.

Desde el municipio ha logrado asentar la gobernabilidad sin fisuras, monolíticamente y acelera los tiempos de la gestión al materializar la catarata de promesas hechas en los primeros tiempos.

En este amanecer de campaña, no sufre de internismos que sean motivo de alarma.

Sí, deberá aceitar su relación con sectores que se encolumnaron sin dudar detrás del proyecto buquista desde el entusiasmo y la convicción. Deberá hacerlo por una cuestión de nobleza, gratitud y lealtad.

El elegido para representar el flanco buquista en el primer lugar de la lista de concejales parece ser Marcos Pisano, el actual titular de la Anses Bolívar, de destacada gestión al frente del organismo previsional.

Queda en la incógnita el casillero de la tercera fuerza. La historia confirma que el bipartidismo reina en esta aldea desde siempre, que de poco más de 110 concejales, sólo 12 han accedido al HCD en representación de una alternativa por fuera del PJ y la UCR.

El antecedente más cercano se dio en las extrañas legislativas de 2009 cuando un mejunje llamado Propuesta Republicana, de ingredientes macrifelipistas, estuvo a sólo 19 votos de lograrlo. Pero eran otros tiempos.

Desde ese mismo cuadrante asoma un nuevo nombre con cierta ventaja, pero nunca para alcanzar los 2900 votos que necesitará para ser concejal por el PRO. Se trata del deportista Guillermo Panaro. Hombre probo, intachable, que sorprendió con su irrupción en la política local en las últimas horas.

Arranca con una ventaja. Ser más serio y más querido que sus antecesores. Deberá explicar los fundamentos de sus aspiraciones en un partido que no parece tener nada que ver con él. Desde su esencia, claro.

Muy lejos está el PRO de la bonhomía de Guillermo Panaro. Esa condición en la que muchos se apoyaban para verlo en una agrupación de corte más popular.

Es conferencista brillante en el mundo del deporte. Será fragoso el camino para trasladar ese talento de las canchas y los vestuarios a los corros antipáticos y viles de la política.

Y la izquierda. Una franja que subyace en cada una de las elecciones y quiere pretenderlo todo, cuando durante los interregnos electorales hace la plancha plácidamente.

El brulote de su desequilibrio anímico no le ha permitido igualar el record del 2001 cuando estuvo a sólo 345 votos de meter a su líder natural Micki Francisco en el ente deliberativo de Bolívar.

La tendencia no va a cambiar.