Por Oscar Bissio *

Comienza un año de cambios. El año que la mayoría de los bolivarenses imagina como el punto de partida de una serie de transformaciones profundas ligadas a la calidad de vida de la sociedad local.

Culmina un proceso político que abarcó en los últimos meses la caída del radicalismo del poder; el reposicionamiento del justicialismo de cara a una renovación plasmada en los hechos; ergo: la victoria electoral; y la irrupción de una figura política carismática y depositaria de las grandes esperanzas de los más postergados. 

La caída de unos y el arribo de otros, constituye un panorama institucionalmente preocupante. La Municipalidad de Bolívar ha sido hallada hundida institucionalmente para sorpresa de muchos; y para regocijo enfermizo de algunos que desde la derrota no digerida y la negación de la realidad, devastaron toda forma buena de sucesión y al saber que abandonaban sus lugares de poder tiraron la mochila en el sillón displicentemente, cual estudiante rebelde que llega del colegio abatido por la frustración.

Poca solidaridad entonces, pero fundamentalmente, falta de responsabilidad para asistir a lo que podría haber sido una sucesión histórica y ejemplar del poder.

En ese escenario, asumió Eduardo Bali Bucca la Intendencia del partido de Bolívar. Con la mirada instalada en el Bolívar del futuro, pero con la coyuntura de resolver las urgencias inesperadas.

Dado el nuevo escenario; la luz del nuevo gobierno municipal alumbra en estos días a dos realidades diferentes. La de revisar el pasado cercano mediante exámenes exhaustivos sobre como se recibió el municipio. La otra, demostrada en cada jornada, la de poner en marcha los planes prometidos durante la campaña electoral. 

Un doble esfuerzo que la sociedad seguramente observa acompañando. Pero un doble esfuerzo que no hubiese sido necesario si el sentido común y el amor por Bolívar hubiesen ejercido la natural supremacía por sobre los odios políticos.

La actitud de la flamante oposición, adelanta que naturaleza tendrá como tal en los tiempos que se aproximan. En este sentido, deberá advertir que aún representa el gusto de más de diez mil ciudadanos y no a una cúpula reducida a cinco dirigentes. La experiencia de los autoconvocados debería de servirle como referencia para no dilapidar tamaña representación. Tal vez haya llegado la hora de que José Gabriel Erreca se rodeé de esa juventud que supo acompañarlo entre agosto y octubre, no sólo para que esa franja no haya sido sólo muchedumbre de gente confusa y desordenada; turba; y definitivamente forme parte de la transformación partidaria del radicalismo.

De lo contrario, la bifurcación ideológica producida en las elecciones, se hará aún más ancha. Y ese líder de la oposición que anuncié el 12 de setiembre en declaraciones públicas, habrá perdido la batalla del reposicionamiento antes de salir a la palestra.

Pero es hora de mirar hacia adelante. A un horizonte concreto. Cuando la mayoría bolivarense votó al actual intendente, no sólo votó una figura fresca políticamente, sino un modo de ver la vida y también a la política bien entendida como núcleo esencial de esa visión que como en el país que hoy nos toca vivir, se extiende hacia los más excluidos.

Es tiempo de dar un tiempo; y es tiempo de dejar atrás las ucronías. Nada de lo que no sucedió va a suceder. Y en esa actitud de dejar atrás el pasado, abandonar los senderos barrosos y tomar el camino del progreso, se encuentran las primeras acciones de gobierno. Del nuevo Gobierno.

Apenas transcurridos 25 días de gestión, se vislumbra poder de gestión en Bucca. Y de decisión. La oposición tendrá que aprender a ser oposición y centrar su tarea en las verdaderas problemáticas de Bolívar y no en medidas tomadas por el intendente al ejercer nada más y nada menos que el principio de autoridad. Y tendrá que aprender a hacer el duelo político necesario si pretende ser una alternativa.

Es tiempo de dar un tiempo y no de embarrar la cancha.

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(*) Periodista bolivarense.

Colaborador especial de Edición Séptima.